En casa —por decisión de mi padre— siempre hemos tenido perros. «Los perros cuidan la casa. ¡Los gatos son unos haraganes!» solía decir. Por suerte, mamá, mis dos hermanos mayores y yo, estuvimos de acuerdo, pues nos encantaban los perros. Papá siempre los llevaba a casa desde cachorros, probablemente se los regalaba alguien cercano a la comisaría donde trabaja como agente de policía o quizás se los encontraba en una caja de zapatos abandonada en algún callejón sombrío y maloliente de la ciudad.
El
primero del que tengo memoria se llamaba “Azabache”. Yo tenía 5 años, pero aún
conservo el recuerdo de su llegada inesperada. Era una tarde de verano, el sol
se ocultaba tras haber gobernado en lo más alto del cielo, sin ninguna nube que
osara eclipsar su incandescencia o apaciguar siquiera por unos minutos la
intensidad de su calor. Los techos de zinc comenzaban a rechinar en las
primeras horas de la tarde, cuando el calor era más recio y pujante, tal
castigo conminaba a las familias del barrio a tomar una siesta o abanicarse en
una silla bajo la sombra de un árbol. Una ventisca fresca llegaba después del
ocaso, refrescando todo a su paso y restaurando la vida cotidiana del
vecindario.
Mis
hermanos y yo estábamos en casa terminando los deberes de la escuela mientras
mamá preparaba la cena: arroz blanco, judías negras espolvoreadas con queso
parmesano, rodajas fritas de plátano con mantequilla y un vaso de jugo de
papaya, mi plato favorito. Papá estaría por llegar; mi hermano y yo siempre
éramos los primeros en salir a recibirlo, brincábamos como conejos y dábamos
saltos de alegría. Teníamos motivos para hacerlo: primero, porque papá había
regresado después de estar ausente durante todo el día; además, traería consigo
algunas cosas deliciosas para compartir en la mesa durante la cena y también
porque nos daría un paseo en la moto antes de entrar en la casa, darse un baño
refrescante y sentarse en su sillón a cenar mientras sintoniza sus canales
favoritos.
Yo,
por ser el más pequeño, iba adelante sentado a horcajadas sobre el depósito de
combustible, y mi hermano iba atrás abrazando a papá por la cintura para no
caerse, pues era muy pequeño para alcanzar el reposapiés. Papá solía pasear por
los jardines de la casa o incluso salía al vecindario. Algunas veces,
dependiendo de su estado de ánimo, hasta salía del vecindario y nos llevaba aún
más lejos.
Adoraba
esos paseos. Estábamos recién bañados, el cabello todavía húmedo, la brisa
fresca rebotando en mi cara y el aire zumbando en mis oídos. Era realmente
feliz en esos momentos; durante todo el paseo, siempre llevaba una sonrisa en
mi rostro, pues no podía ocultar la felicidad que me invadía por completo.
Ignoraba si mi hermano también sonreía, no lo podía ver, pero sospecho que sí
lo hacía.
Sin
embargo, ese día no hubo paseo. Mi padre no se detuvo frente a la casa a
esperarnos como de costumbre, quería sorprendernos con el nuevo integrante de
la familia que traía encubierto en una caja de zapatos. Estaciona su moto en el
garaje y mi hermano y yo salimos a darle un beso de bienvenida. No nos
cuestionamos el paseo; suponemos que tuvo un mal día o no está de ánimos, y
recibimos las bolsas de pan, leche, jugo, queso y jamón.
—¿A
que no adivinan lo que traje? —preguntó con cara de sorpresa. Sostenía una caja
de zapatos en sus manos. Ya se había quitado el casco y tenía las gafas de sol
reposando sobre su cabeza.
—¡Dinos
que es papi! —coreamos mi hermano y yo mientras nos sobábamos las manos y nos
relamíamos los labios, esperando que fuera algo delicioso para comer, pues
estábamos hambrientos. No se podía cenar sin antes esperar a papá.
Mi
madre y mi hermano mayor estaban detrás de nosotros, recostados sobre el marco
de la puerta principal, murmurando entre ellos, tratando de adivinar el
contenido de la caja misteriosa. Era de color azul, agujereada y maltrecha, con
una tapa que no correspondía con el color ni con el tamaño. «Está claro que
zapatos no son» decía mi madre en voz baja.
—Acérquense
y escuchen un poco. —dijo mi padre mientras se ponía en cuclillas, nos acercaba
la caja y nos invitaba a hacer silencio.
Se
escuchaban pequeños golpeteos contra las paredes de la caja, pero todavía no
podíamos adivinar que había adentro. Sospechábamos que se podía tratar de algún
animal. «¿Pollitos para el corral quizás?», pensaba. «No puede ser,
no escucho su piar». Nos quedamos quietos, cavilando, haciendo un esfuerzo
por descubrir qué o quién golpeaba la caja.
De
pronto se rompió el silencio con un llanto repetido y melancólico.
—¡Un
perrito! —dijimos todos al mismo tiempo mientras mirábamos a papá con ojos
llenos de emoción.
Papá
destapó la caja y allí lo vimos. Un cachorrito negro como el carbón, con los
ojos achinados, la cola entre las piernas, zigzagueando por la caja como
buscando una salida o un escondrijo, un sitio donde no hubiera tanta oscuridad,
olor a orina y a suciedad, donde el aire sea más puro y menos espeso.
—Se
llama Azabache —dijo mi padre mientras lo sacaba de la caja y lo animaba a
caminar sobre el piso.
Azabache
daba pasos vacilantes, su mundo ahora es más grande y quizás tenía miedo de lo
que pudiera haber más allá. Fue cauteloso y, aunque estaba hambriento —todos lo
estábamos—, comenzó a explorar lentamente, abriéndose paso por toda la casa.
Cenamos
juntos esa tarde. Mi padre no se sentó en su sillón favorito, prefirió sentarse
a comer con nosotros en la mesa. Estábamos boyantes de alegría al ver a
Azabache cenando leche con migas de pan en un cuenco improvisado. Era un poco
torpe, hundía sus patas delanteras en el cuenco, derramando leche por el piso.
Era un momento de felicidad pura.
Esa
noche no pude dormir; la felicidad era tan grande que me privaba del sueño. Por
varios días estuve insomne. Azabache había entrado en nuestras vidas, alterando
la rutina y la parsimonia de las tardes veraniegas. Poco a poco fue creciendo,
explorando y conociendo su nuevo entorno, apoderándose de él, y ofreciéndose
como custodio voluntario de los alrededores del hogar y de su nueva familia.
Mi
padre casi nunca estaba en casa por el día. Se levantaba temprano y se iba en
su moto para hacer su turno en el trabajo, regresando al atardecer. Era un
hombre robusto, de piel morena, espalda ancha y piernas de futbolista, con la
contextura de un boxeador. De niño no era muy bueno para los estudios, pero sí
para dar trompadas y patadas. Le gustaba pelear, aunque la cosa no fuese con
él, solo por el puro gusto de repartir puñetes, escupitajos y mentarle la madre
a alguien.
Vivía
con sus abuelos en el campo, rodeado de animales de granja y de Trueno, su
perro, mejor amigo y compañero de caza. Por las tardes, al volver de la
escuela, no se ocupaba de hacer los deberes escolares; eso le importaba poco o
nada, le daba pereza. Más bien, comía algo —arroz blanco, judías negras, carne
frita y un trozo de aguacate— y se alistaba para salir al monte a llevar a las
ovejas, cabras y carneros a pastar.
Se
vestía con la misma ropa de siempre: botas de cuero con punta de hierro —regalo
de su abuelo por su décimo cumpleaños—, unos pantalones color marrón para
camuflarse fácilmente en el monte, un sombrero ancho como de pescador para
protegerse del inclemente sol, y una camisa de rayas azules y blancas, sobre la
cual pasaban uno tirantes —antes se ataba una cuerda en la cintura, pero su
abuela le regaló los tirantes que lucía con orgullo—. Cogía su bastón, largo y
con punta en forma de garfio, y su machete. Llamaba a Trueno emitiendo un
silbido peculiar que solo ambos conocían y se internaban en el monte en busca
de buenos lugares para llevar su rebaño a pastar.
Trueno
era un magnífico pastor de ovejas y cazador. Su pelaje era blanco con manchas
marrones, y tenía orejas largas y caídas. Su mirada era alegre. Su pedigrí era
desconocido, pero nunca le hizo falta demostrar sus nobles genes de cazador.
Con o sin ellos, era el mejor en el arte del pastoreo y la caza.
En
suelo despejado parecía torpe y perezoso, pero en el monte era otro. Tenía el
sigilo de un lobo y la velocidad de un galgo. Podía escuchar a las perdices
susurrar entre ellas, agazapadas en cualquier arbusto. Avistaba a los conejos a
varios metros de distancia y era capaz de percibir el olor de las ardillas
incluso con el viento en contra.
Solo
cazaba con mi padre. Eran amigos de verdad. Cada tarde al volver de la escuela,
mi padre le silbaba desde lejos. Trueno salía a toda prisa, haciendo honor a su
nombre. Se encontraban en un abrazo, dando brincos y saltos de alegría.
—¡Mira
Trueno, una perdiz, ataca, ataca! —decía mi padre señalando un lugar al azar.
Trueno
comenzaba a ladrar en la misma dirección, se mantenía alerta por si alguna
perdiz, conejo o ardilla salía repentinamente.
—¡Buen
chico, buen chico! siempre alerta. ¿Quieres ir a pastorear a las ovejas y cazar
algo? —le decía mientras le sobaba por debajo del cuello.
Solían
regresar de la caza con la caída del sol, trayendo consigo todo el rebaño —no
se escapaba ninguno— y además con algunas perdices, ardillas o conejos. Nunca
volvían con las manos vacías. El éxito en la caza se le atribuía a su magnífica
puntería —tenía una honda confeccionada minuciosamente por él mismo— y a
Trueno, quien ayudaba a espantar las perdices, hostigar a los conejos hasta
sacarlos de sus madrigueras y corretear a las ardillas.
Ya
en casa, mi padre desplumaba las perdices y despellejaba los conejos. Los
dejaba en la encimera de la cocina para que más tarde la abuela los sazonara
con cebolla, ajo, sal y pimienta, y los pusiera en la sartén, o los convirtiera
en estofado. Cenaban afuera, en una mesa de madera con banquetas a los lados,
construida por el abuelo, quien era hábil con las manos.
Trueno
también tenía su buena ración de comida como recompensa por una caza exitosa.
Se la comía en cuestión de segundos y se quedaba al lado de mi padre, esperando
algún hueso volador que era capaz de atrapar y devorar en el aire.
Azabache
ya ha crecido. Tiene el pelo tan negro que refleja los rayos del sol —esto se
lo debe en gran parte a mi madre, quien gustosamente le preparaba comidas que
contenían pescado o atún—. Sus orejas son triangulares y siempre están
erguidas, alertas a cualquier sonido. Tiene la cola larga, recta y
frondosa.
Es
inteligente, leal y obediente. Aunque es mestizo, es disciplinado y da la
impresión de ser un perro policía, gracias a mi padre que se encargó de
enseñarle las órdenes básicas cada mañana antes de irse a trabajar:
«¡Siéntate!», «¡Quieto!», «¡Ven!», «¡Échate!». Nos dejó a mi hermano y a mí la
tarea de repetir las órdenes diariamente. «Solo así aprenderá», decía mientras
salía de casa en su moto, y nosotros hacíamos el ademán de adiós.
Cuando
Azabache terminó por aprender las órdenes básicas, tuvimos que inventar nuevas
formas de disciplinarlo. A mí me gustaba hacer que oliera mi camiseta y luego
la escondía en los jardines o el corral de las gallinas. A mi hermano le
gustaba enseñarle a traer objetos arrojándolos lejos. Con el tiempo, Azabache
aprendió además a encender y apagar las luces, a no ladrar excesivamente por
las noches, no morder o destruir objetos, y a controlar la agresión y el miedo.
Azabache
tenía libertad absoluta sobre los dominios de la casa y sus alrededores. Podía
hacer lo que quisiera: corretear alguna gallina desprevenida, alborotar a las
palomas que llegaban al bebedero a comer, darse un baño refrescante o salir de
casa y meterse en líos con otros perros. Sin embargo, no hacía nada de eso.
Prefería quedarse patrullando los jardines, manteniendo la armonía del hogar
como si fuera el vigilante de un banco. Tenía un carácter tranquilo y
apacible.
Si
otro perro, por despistado o por osado, atravesaba los jardines del hogar,
Azabache era capaz de afrontar la situación con aplomo, sin perder la
compostura. Les dirigía una mirada flamígera como señal de advertencia,
enviando un claro mensaje «¡Devuélvete por donde has venido o habrá
consecuencias!». Si el intruso persistía en su intento de invadir terreno
ajeno, Azabache no dudaba en demostrar su valía y dominio. Se hacía respetar
ante ese o cualquier otro perro del barrio.
Durante
el día, a Azabache le gustaba patrullar los alrededores de la casa como si
estuviera buscando algo. Se detenía y olisqueaba cada planta, árbol, rincón o
esquina. Marcaba su territorio esparciendo un poco de orina amarilla sobre la
base de la puerta principal y algunas esquinas de los jardines. Eran señales
químicas destinadas a disuadir a otros perros de entrar; dejaba claro que
habría consecuencias si lo hacían.
Marchando
con la cabeza en alto, el cuerpo erguido y la cola alzada, Azabache iniciaba
sus rondas diurnas por los jardines de la casa. Mantenía las orejas rotando de
un lado a otro, como escuchando el trino de las aves, el cacareo constante de
alguna gallina que acababa de poner un huevo, y el ruidoso e incesante canto
del gallo, quien no parecía rendirse hasta despertar a todos los vecinos del
barrio.
Azabache
se asomaba por el gallinero y hacía una revisión fugaz con su mirada, como si
estuviera contando el número de gallinas, huevos, polluelos y gallos. Luego se
acercaba al bebedero, el lugar favorito no solo para las gallinas y gallos,
sino también para otras aves libres como las palomas, canarios y cualquier otra
ave de campo. En las horas de calor incesante, todas las aves se reunían
alrededor del bebedero, peleándose por un buen sitio para comer y refrescarse.
A
veces, las peleas eran reñidas y un tanto dispares, ya que algunas palomas no
se dejaban intimidar por el tamaño de las gallinas, lanzándose en una campaña
casi suicida por una buena porción de alimento y la oportunidad de golpear el
agua con sus alas para refrescarse.
Terminada
la labor de patrullaje, Azabache se iba a descansar. Se tumbaba al pie de su
caseta, pero no sin dar tres vueltas antes de acomodarse. Reposaba sobre sus
patas traseras, con la cabeza descansando sobre las delanteras, alternando
entre el descanso y la vigilia de manera intermitente.
De
adulto, mi padre se mudó a la ciudad y vivió un tiempo en casa de mi abuela.
Aunque prefería la vida del campo, siempre soñó con formar una familia, y sabía
que eso no podría hacerlo en aquel entorno. quería que sus hijos crecieran en
un lugar distinto, lejos de esas tierras áridas castigadas por el sol. Con esa
convicción, un día tomó la decisión de partir hacia la ciudad, donde esperaba
encontrar más oportunidades para salir adelante.
Se
despidió de sus abuelos, con la promesa de visitarlos una vez por mes.
—¡Que
Dios te bendiga, hijo! —dijo la abuela entre sollozos. Sostenía un colador de
café en su mano izquierda mientras abrazaba a su nieto con la otra.
—¡Sigue
adelante hijo, como un hombre de bien! ¡Criado en el campo a mucha honra
carajo! —dijo el abuelo reclinado en su silla de mimbre mientras fijaba la
mirada en un trozo de madera tallaba con su navaja.
—¡Trueno,
ven aquí viejo amigo! —Exclamó mi padre desde la puerta que da con la
carretera. Estaba con las rodillas flexionadas y golpeaba sus piernas con sus
palmas animando a Trueno.
Trueno
se acercó con la alegría de siempre, como si los años o las heridas de caza del
pasado no hubieran hecho mella en su cuerpo ya maltrecho.
—!
¡Eres duro como un roble!, ¿Eh Trueno? —dijo mientras le acariciaba el cuello.
—¡Vendré
a verte una vez por mes campeón! Quizás vayamos de caza como en los viejos
tiempos ¡Eh! ¿A que sería divertido?
Trueno
se queda sentado a mitad de la calle, observando cómo se desvanecía la imagen
de su mejor amigo, sabía que se iba por mucho tiempo. Lo pudo notar en su olor,
pues no era el mismo de siempre.
Un
día, mi padre y mi tío estaban hablando sobre las ventajas y oportunidades que
ofrecía enlistarse en el ejército. Estaban sentados al pie del árbol de mamón,
comiendo de una canasta de mamones que ambos habían llenado trepando al árbol.
«Dicen
que es más fácil ingresar a la policía teniendo el carnet militar» dijo mi
tío mientras mascullaba tres mamones al mismo tiempo para luego escupirlos con
virulencia excesiva a cualquier dirección.
«¿Con
que policía eh? tienen sueldo fijo y beneficios de ley, pero es un trabajo
peligroso. ¿Será ese mi destino?» —cavilaba mi padre mientras desvanecía
dos mamones en su boca. No los masticaba como su hermano, en su lugar los
dejaba sin piel, luego los escupía en fila con una fuerza inverosímil. Los
apuntaba, con la precisión de un tirador profesional, hacia un blanco en
movimiento, como una gallina desprevenida, un gato callejero o un gallo
pendenciero.
Tras
pensarlo bien decidió apuntarse junto con su hermano. El problema era que, días
después, mientras esperaban su turno en una fila llena de jóvenes angurrientos,
de cuerpos esmirriados pero deseosos por servir a las fuerzas armadas de su
país, se enteraron, por voz de los mismos postulantes, que había que tener
aprobada la primaria para poder ingresar.
Para
mi padre, esa noticia fue un golpe bajo que no pudo advertir. Una jugarreta
irónica de la vida. Vinieron a su mente los recuerdos de la infancia en la
escuela: puñetazos, patadas y escupitajos. Esta vez se imaginaba a sí mismo
acorralado. Atrapado. Empequeñecido, como un ratón rodeado por cien gatos.
Ahora aquellos que cayeron derrotados ante su destreza marcial, se reían y lo
señalaban. Señalaban la vergüenza. No pudo terminar la primaria. Se sabía
derrotado. Les había ganado con los puños, pero había perdido con los
estudios.
Sin
embargo, pudo encajar bien el golpe. No dejó que ese percance ofuscara su deseo
de alistarse en el ejército y convertirse en policía. Tuvo que asistir a unos
cursos intensivos dirigidos para adultos que no pudieron terminar la primaria,
esta vez, con la promesa que se hizo a sí mismo de no pelearse con nadie salvo
con su cerebro, donde cada noche hacía un esfuerzo hercúleo para comprender las
operaciones con decimales, calcular el área del triángulo, del círculo, del
paralelogramo y del trapezoide.
Azabache
tenía un oído envidiable. Era capaz de distinguir el sonido de la moto de mi
padre entremezclado con el barullo del barrio, el cacareo constante de las
gallinas y el canto desatinado del gallo. Era una habilidad prodigiosa, digna
de un canino que ha nacido dotado para la guardia.
Se
mantenía alerta, mirando al horizonte, quizás concentrándose más en escuchar el
leve sonido del motor añoso de la moto, que mi padre solía reparar de vez en
cuando.
Azabache
comenzaba a bailar y a saltar como loco, dando alaridos como si le estuviesen
dando una paliza, pero en realidad era un llanto de alegría. Estaba tan
emocionado que su vejiga no podía resistir tanta emoción y dejaba salir una
orina amarilla que se esparcía por todo el patio dibujando círculos marrones en
la tierra.
Llegaba
mi padre y Azabache no podía contener más la emoción. Comenzaba a ladrar y en
seguida emprendía una persecución tras la moto. El patio de la casa era grande,
mi padre solía dar varias vueltas solo para complacer al perro en su afán de
recibirlo en una persecución canina, como un policía persiguiendo a un ladrón
que acaba de robar una joyería.
Mi
padre bajaba de la moto, y ahora la persecución se ha convertido en una
contienda. Azabache intentaba derribarlo con sus patas delanteras; mi padre lo
evadía y se agazapa detrás de los pipotes de agua que usábamos para beber,
cocinar y bañarnos, pero el perro no tardaba en advertir sus movimientos
evasivos, le cortaba el paso rápidamente e intentaba otra emboscada.
Mi
padre finalmente recibe la embestida y juntos se funden entre abrazos, risas y
alaridos.
—¿Me
extrañaste campeón? —Le pregunta mientras le acariciaba el cuello y se reía con
las monerías que hacía Azabache.
Mi
madre también amaba al perro, pero expresaba su amor de un modo distinto al de
mi padre, lo hacía a través del estómago, pues solía prepararle un suculento
plato de arroz aromatizado con huesos de pollo y pienso para perros que mi
padre llevaba cada semana.
Azabache,
a diferencia de otros perros, no se desesperaba por comer, esperaba con
paciencia que le sirvieran su comida, podría estar hambriento, pero se mantenía
calmado. Luego disfrutaba de su comida parsimoniosamente.
A mi
madre le encantaba verlo comer, no era como los demás perros. Comía despacio,
seleccionando bien los bocados y rompiendo huesos con su poderosa mandíbula.
—¡Qué
educado es Azabache! no como mi hermano que traga sin masticar. —decía mi madre
aludiendo a su hermano mayor, quien, al contrario de Azabache, devoraba su
comida en cuestión de segundos.
El
servicio militar duró año y medio aproximadamente. Mi padre y su hermano
encajaron como anillo al dedo. Acataron las órdenes, se habituaron a los
horarios estrictos, a la dieta rigurosa y a los entrenamientos forzosos.
Se
hicieron populares entre los estudiantes, pues la mayoría no hizo otra cosa más
que quejarse de la poca comida, del desgaste físico en los entrenamientos y del
maltrato psicológico. Para mi padre y su hermano, las cosas no eran distintas,
sin embargo, ambos tenían gran capacidad para soportar los malos ratos, y
compensarlos con momentos emocionantes, como las tácticas de combate, manejo de
armas y conducción de vehículos tácticos, incluyendo la moto que se convirtió
en su vehículo favorito.
Aprendieron
de todo y con una velocidad impresionante, como si hubieran nacido para ello.
Eran los primeros en llegar tras recorrer largos kilómetros, algunos de ellos
colina arriba, adentro en las montañas. La vida del campo le sirvió mucho a mi
padre, pues en las noches durante las campañas nocturnas, era quien encendía
las fogatas —bien ubicadas para que el humo no delatase su posición frente al
otro pelotón—, armaba los campamentos y planificaba los puntos de vigilancia.
Las
noches en el campamento eran frías y misteriosas. La luz de la luna, junto con
la humedad del bosque, dibujaba sombras en los senderos, donde una neblina
espesa, reposaba sobre el suelo húmedo, y erizaba la piel de los más temerosos
del pelotón.
El
aire era portador de sonidos, grillos, búhos, aves nocturnas. Se podía escuchar
el crujir de los árboles, hamacados por una brisa sibilina. Había que guardar
silencio, pues el enemigo estaba cerca. Las pequeñas ramas en el suelo
delataban sus pisadas. Esa noche, la primera noche, nadie pudo pegar un ojo. El
miedo, el hambre y el desasosiego, fueron los principales protagonistas no de
esa, sino de varias noches que duró el campamento.
Mi
padre, a diferencia de los demás, no se quejaba por el humo de las fogatas, la
humedad, los mosquitos o del calante frío de la noche. Le gustaba montar
guardia, solo, en un punto apartado, mirando al horizonte, pensando quizás en
su futuro, en que pronto terminará su deber y su siguiente paso será ingresar
en la policía. Estaba determinado a cumplir su sueño, ese deseo quemante de
salir adelante, afincarse en la ciudad y construir su familia.
Tras
haber cumplido el periodo obligatorio por el ejército, lo primero que hizo mi
padre fue visitar a sus abuelos en el campo. Les había prometido una visita
mensual, pero esa promesa se desvaneció en el aire porque no se les permitía a
los estudiantes, salir del reclutamiento. Más tarde podrían hacerlo.
Para
llegar al campo había que tomar el transporte público hasta un lugar en
concreto, una suerte de terminal polvoriento, pues la carretera pavimentada
terminaba allí. Luego había que caminar un largo camino, hasta llegar a las
casas entre los cerros, algunas veces se corría con la suerte de recibir un
aventón en coche, gracias a algún camión de piñas que se dirigía a las
plantaciones cercanas al pueblo.
Faltando
poco para llegar a la casa, mi padre comenzaba a silbar, era el silbido que
utilizaba con Trueno para salir a cazar. Silbaba una y otra vez, esperando
alguna respuesta, un ladrido familiar que contestara su llamado. Sin embargo,
prevalecía la calma, solo el sonido de las chicharras, codornices, y de sus
botas marrones con punta de hierro.
—¡Viejo,
ya regresé! —grita a su abuelo desde la calle, el abuelo estaba sentado en su
banqueta favorita, tallando algo con su navaja.
—¡Caramba
hijo, que sorpresa! ¡Vieja, prepara café que llegó el hijo! —le grita a la
abuela sin moverse de la silla y vuelve a fijar sus ojos en lo que estaba
tallando.
—¡Hijo
que alegría verte! —dice la abuela mientras lo abraza sin soltar de sus manos
lo que parece ser un recipiente de azúcar— ¡Pero mira cómo estás caracha! Te
raparon la cabezota y estás flacuchento. Te voy a preparar algo para que comas
y te pongas gordito como antes.
—Gracia
abuela, ¿Dónde está Trueno que lo vengo llamando desde el camino y no me
escuchó?
—¡Ay
hijo! que mejor te lo diga tu abuelo. —dijo la abuela con la mirada triste, sus
ojos se anegaron y volvió a la cocina con la mirada perdida.
—¿Qué
pasó con el perro viejo?
—Trueno
ya era un perro viejo hijo —dijo el abuelo sin quitar la mirada de aquello que
tallaba— lo llamé hace unos días. quería darle comida. Lo veía bajo el árbol acostado,
pero no me hacía caso. Le grité para espantarlo, pero seguía ignorándome «¿Pero
quién duerme bajo el sol? Tiene que estar loco o muerto» dije mientras me
acercaba, resulta que estaba muerto. «¿De que murió?» pues no lo sé, ha de ser
de viejo porque tenía más de quince años, eso en vida de perro serían como cien
o más.
Mi
padre, tras escuchar el relato del abuelo, sintió una oleada de tristeza que lo
desbordaba, pensó «No puede ser, Trueno se ha ido y no pude verlo una última
vez. No pude despedirme de mi mejor amigo.». El nudo en la garganta se
apretó más, impidiéndole hablar. Se quedó allí, en silencio, mientras el abuelo
seguía tallando, cada golpe de la navaja resonando en el silencio de la
tarde.
El
sol ya había mermado y tras él llegaba rápidamente la oscuridad. Las chicharras
cesaron su canto y de pronto, se encendió la farola de la esquina, iluminando
una parte del cerco de la casa, justo donde estaba el árbol en el que murió
Trueno.
Mi
padre caminó lentamente, reviviendo a Trueno en su mente, lo imaginaba
siguiendo sus pasos, caminando juntos hasta el árbol donde solían reposar tras
llegar de la cacería.
Una
lágrima rodó por su mejilla. El nudo se afincaba más en su garganta. Estaba
molesto consigo mismo «Debí venir antes» pensaba. Rechinaba sus dientes
y sus manos empuñadas.
Se
sentó justo en la piedra donde solía despellejar a los conejos. Cerró los ojos,
imaginando el tacto áspero del cuero bajo sus manos, el sonido de la piel al
despellejarse. Miró a la derecha, donde Trueno siempre esperaba, ansioso por
recibir algo para mordisquear. Lo pudo ver en su mente, con sus ojos brillantes
y cola moviéndose de un lado a otro. «Perdóname Trueno, por no despedirme como
era debido, nunca te olvidaré campeón. Sigue cazando donde quiera que estés»
pasa su mano por el cuello de Trueno, pero no consigue sentirlo, Trueno era
traslúcido, se miraron a los ojos, Trueno ladró dos veces, estaba con la boca
abierta y mostrando su lengua larga y rosada, jadeante.
—¡Vente
hijo! a esta hora salen culebras por ahí donde estás. —gritó el abuelo desde su
silla.
—Ten,
tallé esto para ti muchacho.
El
abuelo le entregó la pieza de madera en la que estaba trabajando. Era la figura
de un perro.
—Es
Trueno. Dijo mi padre. Sus ojos llorosos brillaron como el reflejo de la luna
sobre el río.
—Gracias
abuelo. La llevaré siempre conmigo.
—Sé
lo mucho que querías al perro muchacho —dijo el abuelo mientras le tocaba el
hombro— Él también te quería. Estaba tranquilo aquí con nosotros. No te culpes
por no haber estado, tenías que atender tus asuntos.
—Yo
le hablaba mucho de ti y parecía entenderme. Estaba tranquilo, era como si lo
hubiera sabido.
—Sigue
adelante con tus planes, hijo. Más adelante, cuando estés preparado, tendrás
otro mejor amigo. Así lo habría querido Trueno.
La
abuela salió con un plato de comida y café. El abuelo da un sorbo y enseguida
lo escupe.
—¿Estás
loca mujer? ¡le has vuelto a poner sal al café carajo!
—¡Ah
caracha, es que ya estoy vieja y no veo bien, además los frascos son iguales
caray!
Mi
padre soltó una risotada, agradeciendo que mi abuelo haya probado el café antes
que él.
Mi
madre no tenía un trabajo convencional como mi padre. Era ama de casa, una
noble profesión que ejercieron muchas mujeres en el pasado. Se encargaba de
cuidar de nosotros y del hogar. En aquel entonces éramos tres varones, siendo
yo el menor.
Al
estar rodeada de cuatro hombres, estaba acostumbrada a encontrar las
habitaciones hechas un completo desastre; calcetines, pantalones, camisetas y
ropa interior, todas desperdigadas por todas partes, excepto en el cesto de la
ropa sucia, lugar en el que deberían estar. Sin embargo, se las arreglaba para
que todos, de alguna u otra manera, cumpliéramos con nuestras tareas en el
hogar.
Mi
hermano mayor se encargaba de ayudar en la cocina, le enseñó a preparar
platillos básicos para que se encargue de cocinar cuando ella no esté en casa,
pues se preparaba para apuntarse a un curso de manualidades, le gustaba coser y
quería especializarse en el corte y la costura.
Mi
otro hermano se encargaba de pasar la escoba por toda la casa. Era grande y
espaciosa, con muchos cuadros y fotos familiares colgadas en las paredes.
Pinturas abstractas y de paisajes naturales que le gustaban a mi padre, también
estaba la foto de mi madre con mi hermano y yo sentados en su regazo, era una
foto de un carnaval donde estábamos disfrazados de policía.
Había
colmenas en cada habitación para refrescar el hogar en tiempos de calor. El
techo era de zinc, lo cual representaba un castigo en verano, pues convertía la
casa en un hervidero. Mi hermano tenía que sacar el polvo de debajo de las
camas, los armarios y del frigorífico, además de quitar las telarañas de los
rincones y espantar a una que otra lagartija agazapada tras los cuadros.
Yo
me encargaba de regar las plantas y alimentar a los animales. Comenzaba mi
rutina cargando un poco de agua en un recipiente para irme a los jardines a
regar las plantas. Me hice una regadera improvisada con una lata de leche en
polvo horadada con la punta de un clavo que conseguí del garaje de mi
padre.
Me
gustaba regar las plantas, sentir el olor de las flores. Había una flor
silvestre que siempre se esmeraba en propagarse por todo el jardín, como una
plaga, sobre todo en tiempos de lluvia. Sin embargo, no me molestaba su
insistencia en expandirse, pues me arropaba su aroma.
La
vida en los jardines era muy activa, toda clase de insectos merodeaban por los
alrededores, queriendo reposar sobre las flores y hacerse con el néctar que
estas ofrecían. Por lo general eran insectos tranquilos, excepto por el
abejorro, a quien yo le temía, pues decían que su picadura era extremadamente
dolorosa.
Cuando
escuchaba el zumbido, sabía que había llegado la hora de la batalla, tomaba una
rama del suelo y comenzaba a espantarlo para que se alejara y me dejara regar
las plantas en paz y seguir disfrutando del olor de las flores.
Luego
me pasaba por el gallinero para alimentar a las gallinas y recoger los huevos
de los nidos. El alimento estaba colgando en una canasta fuera del alcance de
las gallinas. Lo esparcía lejos y en todas direcciones para que las gallinas
salieran como locas a comer mientras yo aprovechaba el alboroto para entrar en
el gallinero. No me gustaba entrar allí, había pulgas y plumas de todos los
colores revoloteando por todas partes. Entraba rápidamente, recogía los huevos
en una canasta, y salía a toda prisa, tratando de minimizar el número de pulgas
que se me subían por las piernas.
Por último,
alimentaba a Azabache, quien me venía siguiendo desde el principio.
Acompañándome en cada proceso, me ayudaba a espantar al abejorro, ladrando como
loco para intentar persuadirlo en su idea de picarme o simplemente querer
reposar sobre una flor morada, su favorita.
También
me acompañaba en el plumífero y pulgoso gallinero. Se encargaba de no dejar
entrar a las gallinas para que pueda recoger los huevos y salir sin tener que
pisarlas. Nos íbamos juntos hasta su caseta, Azabache se sentaba y esperaba que
le sirviera la comida. Luego yo me detenía un poco para mirarlo comer.
—No
entiendo cómo puedes comer tan lento Azabache —le reprochaba mientras sujetaba
la olla de la comida— yo no podría. Apenas mi madre termina de servirme la
comida y ya me la estoy devorando en segundos. Me pregunto si seré el único de
la familia que come como si no hubiera un mañana.
De
regreso en la ciudad, mi padre se dirigió rápidamente a la escuela de policía
para apuntarse al siguiente curso. La prueba física para la admisión no fue
problema para él, pero si para su hermano, quien no fue admitido por un
problema en su espalda baja.
—que
putada eso de la hernia discal hermano. —dijo mi padre mientras apuntaba la
radiografía contra la luz blanca del techo.
—Si,
es una mierda. Ya no podré seguir con el curso. —dijo su hermano haciendo un
gesto de negación, sujetaba un sobre amarillo con dos radiografías más.
Esa
tarde regresaron a casa, los acontecimientos del día les dejaron un sabor
agridulce, pues les hacía ilusión seguir la aventura juntos, estaban seguros de
que también aprobarían el curso sin mayores problemas, como lo hicieron en el
ejército durante dieciocho meses.
El
curso para cadetes duró un año. El entrenamiento físico no fue problema para mi
padre, gracias a la experiencia adquirida en el ejército. El problema vino después,
en la segunda mitad del curso, donde tuvieron que estudiar materias como
psicología, técnicas de comunicación, derecho penal, criminología, derechos
humanos y ética profesional.
Aquello
fue una verdadera pesadilla, tener que memorizar tantos códigos, leyes,
artículos y estatutos. Antes solía dormir bien, pero ahora todos esos estatutos
y códigos le privaron el sueño, revoloteaban en su cabeza, díscolos y
remolones, como burlándose de él por no ser capaz de memorizarlos.
Una
noche, estaba insomne. Pensando en todo lo que tenía que memorizar para el
examen que se aproximaba. No los podía recordar todos, aquello era una tortura.
Frustrado, da un golpe en la cama que despierta al de al lado.
—¿Que
pasa mi agente? —pregunta Luis, su compañero de cuarto. Flaco, de nariz
angular. Llevaba lentes que le daban un aire intelectual. Aprobó a trompicones
los exámenes físicos, en parte gracias a mi padre, quien le sirvió de guía en
la preparación. Por respeto se dirige a él como “mi agente”.
—Nada
Luis, solo estaba repasando para el examen de la semana que viene. ¡Duérmete!
—dijo mi padre con mirada esquiva, no quería que se le notara la frustración.
—¿Y
pudo repasarlos?
—Si
quiere le puedo enseñar una técnica que sirve para memorizar cosas.
—¿Y qué
técnica es esa? —pregunta mi padre volviéndose hacia su compañero con cara de
curiosidad.
—Lo
que tiene que hacer es crear una historia que conecte los distintos conceptos
que tiene que aprender, así solo se tendrá que preocupar por recordar la
historia y no los conceptos por separado.
—¿Cuáles
son los puntos que le cuesta más recordar? —preguntó Luis mientras daba un
largo bostezo tapándose la boca con su mano.
—Pues
el artículo tres de los derechos humanos siempre se me olvida.
—Muy
bien —dice Luis mientras tantea una mesa en la oscuridad en busca de sus
anteojos y enciende una pequeña linterna— ese artículo habla del derecho a la
vida, libertad y seguridad. Aquí va una pequeña historia que estoy seguro, le
será fácil de recordar:
«Juan
vivía en el campo, en una pequeña aldea. Cada día salía a cazar, disfrutaba de
su libertad. Caminaba por el bosque sintiéndose seguro en su hogar. Sabía que
su derecho a la vida era respetado, y eso le daba paz»
—¿qué
le parece?
—¡Olvídalo
cuatro ojos! —refuto mi padre, le quitó la linterna a Luis y se metió entre las
sábanas, agotado y frustrado.
—El
artículo solo tiene tres palabras «Vida, Libertad y Seguridad» y tu me vienes
con una historia que tiene como cien.
—Pero
es que así es más fácil asociarlo, además…
—¡Calla!
—interrumpió mi padre— de ninguna manera voy a memorizar tres palabras
aprendiendo veinte más. Ahora duérmete o te reviento esos lentes.
Mi
madre comenzó un curso de corte y costura en una academia sabatina que estaba
ubicada en la ciudad. Quería especializarse en la confección de peluches de
felpa. Era un área que le causaba gran interés. Ya contaba con amplia
experiencia en el manejo de la aguja y la máquina de coser, reparaba todo tipo
de prendas, sábanas, almohadas, cortinas, edredones, prácticamente cualquier
cosa que estuviera hecha de tela.
Era
una artista, podía crear y exhibir sus propias prendas. La gente del barrio le
encargaba arreglos personalizados, a menudo le llevaban sus ropas harapientas
con la esperanza de darles un otro respiro y alargar su uso. Se había creado
una reputación.
Por
las tardes, cuando ya había terminado las actividades en el hogar, se disponía
a coser. El sonido de la máquina rompía a intervalos el silencio de las tardes
calurosas. Mi madre se sumergía en un mundo de telas, agujas e hilos,
despegándose de la realidad, era libre de imaginar y crear lo que quisiera.
Siempre llevaba consigo una cinta métrica colgando en su cuello, usaba lentes
solo cuando cosía, pasaba el hilo por el ojo de la aguja con la precisión de un
cirujano, cosiendo a máquina o a mano, en cualquier caso, era gratificante
verla trabajar.
Un
sábado se disponía a salir al curso. Todo en casa estaba bajo control, además
mi hermano mayor se quedaba al mando. Todos salimos de la casa y la acompañamos
hasta la parada de autobuses que no estaba lejos de casa, apenas a unas cuadras
de distancia.
Azabache
se quedó inquieto en casa, no le gustaba que salieran todos, quizás porque al
no saber dónde estaban, no podía protegerlos. Se impacientó y tomó la decisión
de ir tras nosotros, de seguirnos la pista.
Nunca
se había aventurado a salir de casa, a ir más allá fuera de los límites de los
jardines. Sin embargo, su deseo por encontrarnos era más grande que su apego a
las normas. Atravesó la cerca y por primera vez en mucho tiempo, estaba fuera
de casa.
Corrió
rápidamente hasta la calle principal, logró rastrear nuestros olores, y se
dirigió calle abajo con la esperanza de encontrarnos. Escuchamos sus ladridos,
nos giramos y lo vimos a lo lejos, venía a toda prisa.
Mi
madre y mi hermano le gritaban para que se detuviera y se devolviera a la casa,
que desistiera de su idea de salir a la calle a encontrarnos. Azabache no tenía
experiencia en la calle, su vida estaba limitada al hogar y sus alrededores,
nunca en las calles donde parecía un conejillo asustado delante de los demás
perros callejeros, quienes eran unos expertos recorriendo las calles del
barrio. Sabían cuando detenerse en un cruce de vehículos y atravesar un paso de
peatones.
Sin
embargo, Azabache estaba decidido en salir a encontrarnos, confiaba en sus
habilidades para sortear cualquier cosa que pudiera pasar fuera de sus
dominios. Ya cuando estaba a punto de cruzar la calle, un coche se aproximaba a
toda prisa en el sentido contrario, ignorando que, tan solo unos segundos
después, un perro se abalanzaría de forma suicida a mitad del camino,
impidiendo realizar cualquier maniobra para salvar su vida.
Mi
madre, consciente del peligro que acechaba al perro, aceleró su paso y gritó
más fuerte con la esperanza de asustarlo y se regrese a casa:
—¡Azabache
para la casa! —gritaba desesperada desde el otro lado de la calle.
Mi
hermano y yo estábamos contrariados, pues ignorábamos el peligro que se cernía
sobre el perro esa tarde soleada, el aire estaba viciado y espeso, como
anunciando un peligro inminente. Los gritos de mi madre y mi hermano atrajeron
la atención de las personas que pasaban por allí esa tarde, los viandantes que
hacían vida normal en las calles de barrio se sumaron en auxilio y todos
intentaron persuadir al animal para que abandonase aquel lugar rápidamente, pero
todos esos esfuerzos fueron en vano.
Ya
Azabache se había abalanzado como un rayo para cruzar la calle, no advirtió aquel
coche que venía rápidamente y en sentido contrario, al final terminó
colisionando con él, quitándole la vida instantáneamente. Los gritos de los que
presenciaron el accidente rompieron el silencio.
No
pudimos ver nada, mi madre nos había tapado los ojos a mi hermano y a mí, ya se
sabía pérdida y había renunciado a sus intentos por salvar la vida del perro. Se
sintió abatida, hace unas horas estaba inspirada en los diseños y patrones que
aprendería esa tarde en la clase, pero ahora estaba destrozada, con el alma en
un hilo, al ver a la mascota que tanto queríamos, yacía en medio de la calle.
—¡Hermano,
encárgate del perro por favor! —le dijo a su hermano mientras nos llevaba a
casa con los ojos tapados.
No
hicimos esfuerzo para ver, no supimos bien lo que sucedió.
—¿Que
pasa mami? —pregunté contrariado
—Nada
hijo, vamos para la casa.
—¿Y
Azabache dónde está?
—Está
bien hijo, no te preocupes, se va con tu tío.
Nos
dejó en casa con mi hermano mayor. Luego de regresó al sitio del accidente para
ver en que podía ayudar.
—¿Y
mi hermano? —preguntó a una vecina que miró todo lo ocurrido desde la puerta de
su casa.
—Ya
se llevó al perro para el cerro, seguro lo lanza allí, últimamente esa zona es
el cementerio de los perros.
—¿Me
regalas un poco de agua para limpiar la calle? —preguntó mi madre con lágrimas
en los ojos. Le dolía en el alma ver la calle manchada con la sangre del que
fue nuestro guardián por varios años.
La
calle quedó como si nunca hubiera sucedido nada, mi madre no quería que mi
padre se enterase de esa manera, tampoco quería que nosotros viéramos esas
manchas y las relacionamos con lo sucedido.
Esa
tarde, no hizo otra cosa más que quedarse en su habitación esperando a mi
padre, no quiso estar con nosotros para no delatarse con su llanto, mi hermano
nos llevó a elevar cometas para distraernos y no hacer preguntas.
Dios
mío, ¿cómo se lo tomará mi esposo? se preguntaba con lo mucho que amaba
al perro, y ahora ¿qué va a hacer cuando se enteré que lo atropellaron?, ¿cómo
reaccionará?, ¿Me culpará por haberme ido con los niños y dejado al perro solo?
ay no que angustia, a mala hora se vino a escapar el perro.
Mi
padre se graduó con honores de la policía. Gracias a su experiencia en el
ejército, pudo superar los distintos desafíos que exigían resistencia física y
estrategias de combate. En ambos cursos descubrió que tenía talento para
analizar, planificar y llevar a cabo, tácticas de guerra, en campo abierto o la
montaña.
Estaban
todos en fila. Adornando el césped del campo con sus trajes de gala azul,
botones dorados y una insignia en el costado izquierdo. Saludaron la bandera
con sus guantes blancos mientras el capitán de la división se levantó para
inaugurar la ceremonia y hacer entrega de los bien merecidos diplomas.
Su
madre estuvo presente con su hermano menor, presenciaron la caminata
sincronizada que daban los cadetes tras iniciar la ceremonia:
—¡qué
bello se ve mi muchacho vestido así! —exclamó la abuela mientras se abanicaba.
Llevaba un sombrero de ala ancha y unas gafas de sol.
—Tú
también deberías estar ahí mijo, lástima que no pudiste entrar por tu problema
en la espalda.
—No
importa mamá, así tuvieron que ser las cosas. —sentenció su hermano mientras
seguía con su mirada los pasos de los cadetes, como buscando una falla en la
sincronía.
Al
final de la ceremonia, la abuela los llevó a comer a un restaurante cercano.
Tenía que celebrar el triunfo de su hijo mayor y sabía que nada sería más
gratificante que verlo comer a rienda suelta.
—Gracias
por invitarnos a comer mamá. Cuando cobre mi primer sueldo seré yo quien te
lleve a cenar. —dijo mi padre mientras se llevaba una servilleta a sus piernas
para no ensuciar el traje.
—Gracias
hijo, sé que lo harás. Estoy orgullosa de lo que has logrado. Bueno vamos a
comer que me muero de hambre.
—¿Y
ahora que viene hermano? —preguntó su hermano mientras devoraba con vehemencia
un muslo de pollo.
—No
lo sé —dijo mi padre— nos dijeron que teníamos que presentarnos el lunes en el
destacamento. Supongo que allí nos darán nuevas órdenes.
—Me
alegra hermano. Yo estoy por conseguir un puesto de jefe de seguridad en una
compañía. —dijo mientras se le atoraban dos trozos de yuca en la garganta.
—Oye
que bien, jefe de seguridad. Ese puesto será para ti, ya verás.
—¿Y
cuáles son tus planes ahora hermano? —preguntó su hermano mientras se golpeaba
el pecho para forzar la yuca a bajar rápidamente. Luego hacía un ruido con su
boca tras sorber el plato de sopa.
—Si
no te molesta mamá, me gustaría quedarme un tiempo más, al menos hasta
conseguir un lugar cerca de la casa.
—Claro
que no hijo, de ninguna manera podría molestarme, puedes quedarte el tiempo que
necesites.
—Gracias
mamá, porque lo primero que pienso hacer es comprarme una moto.
—¿Una
moto? —preguntó la abuela mientras se queda con una cucharada de sopa en el
aire— son muy peligrosas hijo, te vendría mejor un carro, además no sabes
conducirlas.
—Claro
que si mamá, aprendí en el ejército.
—Sí
mamá, yo también aprendí, y también pilotamos un tanque de guerra, yo estrellé
el mío el primer día. —dijo su hermano mientras soltaba una carcajada tan
grande que un trozo de pollo salió despedido de su boca y aterrizó en el vaso
de jugo de mi padre.
—¿Lo
recuerdas hermano?
—¡Claro
que lo recuerdo cabezón! —exclamó mi padre con mirada seria— como olvidarlo si
gracias a tu destreza al volante nos quedamos el resto del día sin comida y
realizando labores forzosas.
—Joder,
que bien nos la pasamos en el ejercito hermano. —dijo mientras se quitaba
restos de comida con un palillo y se inclinaba en su silla sobándose el vientre
inflamado tras haber comido tanto.
Ya
en la noche, mi padre estaba en su cama, reposando y meditando sobre lo que
había logrado hasta ese momento, pensaba en su futuro «Gracias Dios por
haberme ayudado a cumplir mis metas, sin tu ayuda no habría podido hacerlo»
estaba tumbado en la cama, mirando al techo, a ningún punto en concreto.
«Ahora,
gracias a ti soy policía. De no haberme iluminado aquella tarde en el campo,
mientras estaba bajo el árbol observando a las ovejas pastar, no sé qué habría
sido de mí en estos momentos. Quizás estaría trabajando las tierras, quizás
como obrero cosechando piñas en los vastos terrenos del acaudalado vecino, o
quizás habría sido carpintero como mi abuelo, no lo sé»
Se
estaba quedando dormido, sumido en sus pensamientos, bostezando. «Lo que sé,
es que ahora ya me siento bien conmigo mismo, porque ya estaré preparado para
cuando me toque formar mi familia»
Cae
el sol y se encienden las farolas del barrio. Mi padre estaría por llegar en
cualquier momento. Mi hermano y yo estábamos en casa, regresamos de elevar
cometas y jugar canicas. Estamos viendo dibujos en el televisor de mi padre.
Mi
hermano mayor está con mi madre en la habitación:
—Ya
tu papá está por llegar, no sé cómo decirle lo que pasó. —dijo
Esta
sentada en una esquina de la cama, se ha quitado los tacones, pero sigue con el
uniforme puesto. Una falda gris hasta las rodillas y una blusa roja con
hombreras, está mirando al piso con las manos en la cabeza.
Está
angustiada, desde la muerte de Azabache no ha probado bocado ni ha tomado agua.
No ha dejado de pensar en el momento en que mi padre llegue a la casa y se
entere de la noticia. No deja de imaginarlos —a mi padre y al perro— realizando
sus rituales de bienvenida cada vez que regresa del trabajo.
—¡Tranquila
mami! No tuviste la culpa de lo que pasó, nadie la tuvo. El perro simplemente
se escapó. Nunca lo hizo y por eso nunca lo amarramos. —dijo mi hermano sentado
a su lado, tenía su mano en su hombro brindándole apoyo. No estaba sola, ambos
le darían la desafortunada noticia a mi padre.
—Solo
espero que llegue de buen humor. ¡Ay, Dios mío! que hoy no haya tenido un día
de esos en los que llega malhumorado. —dijo mi madre llevándose las manos a la
cara.
De
pronto, un ruido familiar rompe el silencio y agita los corazones de todos. Mi
madre y mi hermano mayor se asustan porque saben que en cuestión de minutos,
tendrán que dar una noticia desagradable.
Mi
hermano y yo, contentos por la llegada de papá a la casa, pero algo
contrariados porque no sabíamos exactamente lo que había pasado con Azabache,
mi hermano quizás lo sabía, pero prefirió guardar silencio y hacerse el
desentendido, solo para estar conmigo.
Mi
padre notó que Azabache no había salido a recibirlo, y de inmediato sospechó
que algo andaba mal, pues el perro siempre estaba atento a su llegada.
Entra
directamente al garaje y estaciona su moto. Mi hermano y yo, salimos como de
costumbre a recibir las bolsas de pan, leche y jugo. Se quita el casto y los
guantes negros.
—¿Y
Azabache dónde está? —preguntó contrariado.
—No
sé papi, se escapó y no ha llegado. —se apuró mi hermano en responder.
—¿Se
escapó?
—Qué
raro, ese perro nunca se escapa. Será que hay una perra por ahí cerca. —dijo
mientras entraba en la casa y se encontraba con mi madre:
—¿Mi
amor, que pasó con el perro que los niños dicen que se escapó? —preguntó
mientras se quitaba los adminículos y los colgaba en su estantería personal.
Mi
madre tomó aire y se resignó a contar la verdad.
—Hijo,
vaya y cuide a sus hermanos mientras hablo con su papá. —dijo en tono bajo y
sin ganas, como si estuviera a punto de soltar una carga muy pesada.
Mi
hermano obedeció de inmediato, supo que le diría la verdad y que él tenía que
encargarse de que nosotros no escucháramos lo que realmente sucedió.
—Ay
mi amor —dijo con la cara compungida— yo salí en la tarde al curso, los niños
salieron a acompañarme a la parada de buses. En ese momento el perro se escapó
y fue tras nosotros. Nos dimos cuenta tarde y cuando tratamos de hacerlo volver
a casa, cruzó la calle y no vio un coche que venía del otro lado y lo
atropelló. —sus ojos se anegaron, pero al mismo tiempo sintió que aquel dolor
que recorría todo su cuerpo, fue perdiendo presión lentamente.
Mi
padre se mantuvo en silencio, de inmediato vino el recuerdo de aquella tarde en
que fue a visitar a trueno tras haber terminado el ejército. Tuvo un
sentimiento familiar entonces, una desolación que se abalanzaba como un viento
fuerte anunciando una tormenta tras un día soleado.
«¡Ay
Dios! Azabache se fue y no me despedí, igual que Trueno. No estoy cuando mis
mascotas me necesitan, que desgracia. Los niños no lo saben, mi esposa ha hecho
bien en ocultarles la verdad, pues sufrirían mucho. Es una gran mujer, protegiendo
a sus hijos, mis hijos, los que siempre quise tener»
Miró
a su esposa. La tomó de las manos y la detalló con la mirada. Tenía los labios
pálidos, el labial rojo se había desvanecido, los ojos hundidos, el aliento
espeso y la mirada caída, pudo sentir el peso que estaba soportando durante
toda la tarde, todavía llevaba puesto el uniforme.
—Gracias
por no haberle dicho nada a los niños mi amor. —dijo mientras le acariciaba el
cabello.
—Hace
mucho tiempo, cuando vivía en el campo, tenía un perro llamado Trueno. Iba
conmigo todos los días a llevar a los animales a pastar, aprovechábamos el
tiempo para cazar juntos. Era mi mejor amigo.
—Un
día lo fui a visitar y mi abuelo me dijo que había muerto. Me sentí desolado,
sentí que un pedazo de mí se había ido con él. Me dolió mucho y por un tiempo
sentí su ausencia.
—Esto
que me cuentas de Azabache, me ha traído esos recuerdos de Trueno. Siento un
vacío en el pecho y me da mucha pena porque no pude despedirme del perro, como
tampoco lo hice con Trueno.
—Sin
embargo, me siento tranquilo. Los tengo a ustedes que son mi familia, la
familia que tanto amo y con la que siempre soñé.
—Mis
niños no saben lo ocurrido y te agradezco que les hayas ocultado la verdad,
pues no quisiera que sufran como sufrí yo.
—Vamos
a seguir adelante con la idea de que Azabache se escapó y más adelante veremos qué
pasa.
Mi
madre estuvo de acuerdo y agradeció a Dios que mi padre se haya tomado la
muerte de Azabache con aplomo.
Esa
noche mientras cenábamos, mi padre por fin nos dio noticias del perro:
—¡Niños!
como ya saben, Azabache se escapó de la casa. Mañana mismo comienzo a patrullar
la zona para ver si lo consigo en algún sitio. No se preocupen, es normal que
los perros se escapen, ya verán como vuelve por ahí en cualquier momento.
Mi
hermano y yo nos enteramos de la verdad por boca de los vecinos que jugaban con
nosotros. Nos dijeron que Azabache estaba en el cerro, arriba en la
quebrada.
Convencí
a mi hermano para ir a aquel sitio y comprobar si lo que decían era cierto. No
era justo que los demás lo supieran y nosotros no, solo teníamos la esperanza
de que algún día regresara, pero pasaba el tiempo y no recibíamos noticia
alguna, así que fui insistente hasta que mi hermano aceptó ir a ese lugar para
ver si era verdad lo que decían los demás niños chismosos.
Me
escapé con mi hermano y nos fuimos sigilosamente hasta llegar al cerro, un
lugar sombrío y maloliente, pues la gente lo tomaba como basurero.
Había
montañas de basura por el camino, pensaba que allí no podía haber vida de
ningún tipo, no era posible, el aire estaba viciado, olores intensos viajaban
con el viento a todas partes.
A la
distancia avizoramos unos buitres, estaban en lo alto del cielo azul, volando
en círculos, hasta ese momento no había señales de Azabache, solo montañas de
basura y olores repugnantes, así que decidimos caminar un poco más.
De
pronto, mientras nos acercábamos más al lugar que llamaba la atención de los
buitres, un olor nuevo se apoderó del ambiente. Era recio y penetrante. No se
podía soportar. Tuvimos que taparnos la boca con la camiseta. Caminamos un poco
más hasta que vimos algo que atrajo nuestras miradas, adentro en el monte.
Un
fuerte zumbido desvió nuestras miradas a un lugar en concreto, hasta que vimos
un vaho formad por miles de moscas que salieron del monte. Nos agachamos para
no colisionar contra esa sombra negra zumbante que pasó por nuestras cabezas.
Cuando
se reacomodaron las moscas en los alrededores, y el olor ya era tan fuerte que
se impregnaba en nuestra ropa y nos hacía llorar los ojos, entramos un poco más
en el monte y vimos un bulto negro tirado en el suelo. Era Azabache. Lo
conocimos por el collar que siempre llevaba puesto.
Me
quedé mirándolo, con los ojos llorosos ya no por el olor insoportable sino por
saber que lo que dijeron los niños del barrio era verdad. Azabache había muerto
esa tarde en la calle.
Mi
hermano me hizo un ademán para irnos, pues no se podía abrir la boca porque
entraría la podredumbre o alguna mosca. Corrimos de vuelta hasta un lugar
decente para respirar aire fresco, lejos del cerro, de ese lugar que sirvió de
tumba para Azabache y de basurero para los sinvergüenzas del barrio que parecen
estar peleados con el camión de basura que pasaba una vez por semana.
—Era
Azabache hermanito. —dijo mi hermano mientras tomaba bocanadas de aire puro,
recuperando el aliento.
—Si
hermano, era el perrito.
Estaba
llorando, sentí un dolor en el pecho al verlo allí tirado, hinchado, como si
estuviera a punto de explotar y servir de alimento para los carroñeros que esperaban
con ansias la hora de comer.
—No
te sientas mal hermanito. Ya sabemos lo que pasó, nuestros padres no querían
que lo supiéramos. No digamos nada entonces. Hagamos de cuenta que no sabemos
nada. ¿Te parece?
—Sí
hermano. No quiero que papá se entere y nos castigue por andar por este
apestoso lugar.
—¡Sí,
vámonos!
Pasó
el tiempo, mi hermano y yo no mencionamos una palabra sobre nuestro triste y
revelador hallazgo. A menudo me escapaba y me iba al cerro a visitar a Azabache,
aunque este ya era solo un saco de huesos, podía avistar su cráneo entre la
distancia y la maleza, me paralizaba por unos minutos, con la mirada fijada en
aquellos matorrales, pensando en todos los momentos de felicidad que pasé con
el perro, y que sé que ya no volverán, me despedía de él, enviando un adiós al
aire y luego me devolvía a casa.
No
fue fácil para nadie habituarse a la ausencia de Azabache. Yo ya no contaba con
la protección en los jardines contra el putañero abejorro, tampoco contaba con un
compañero que me ayudara a detener las gallinas mientras saco los huevos del
nido. Mi madre tuvo que regalar el pienso que le quedaba en casa y mi padre
echaba de menos las locuras que hacía con el perro al llegar a casa.
Fue
una etapa difícil para todos, hacerse a la idea de que aquel que fue nuestro
compañero y motivo de alegrías, ya no estaba entre nosotros, no era algo fácil
de aceptar, la casa se sintió vacía por un tiempo, las tardes volvieron a la
parsimonia de antes, faltaba algo en la rutina, era un hueco que no se pudo
rellenar.
Una
tarde cualquiera, estábamos en casa haciendo los deberes de la escuela. Mi
madre y mi hermano preparaban la cena. De pronto escuchamos el sonido de la
moto y supimos que era papá, había regresado más temprano que de costumbre.
Salimos
a darle un beso y a recibir las bolsas de pan, leche y jugo. Mi padre se quita
el casco y los guantes negros. Se lleva las gafas de sol a la cabeza mientras
se baja de la moto.
Entramos
a la casa a dejar las bolsas en la cocina y al volvernos lo vemos parado en la
puerta de la cocina, tenía las manos en la espalda. Mi madre y mi hermano mayor
también estaban allí observando contrariados. Luego mi padre vuelve sus manos,
revelando lo que tenía oculto en la espalda, era una caja, y de pronto
pregunta:
—¿A
que no adivinan lo que traje?
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